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Monastrell de mi vida.

Actualizado: hace 4 días

En el altiplano de Jumilla, donde la viña ha convivido durante generaciones con una dureza casi mineral, hay proyectos que no nacen para destacar, sino para permanecer. Bodega Cerrón es uno de ellos.

Los Hermanos Cerdán no han construido una bodega en el sentido más convencional. Han hecho algo más complejo y, a la vez, más sencillo: han decidido escuchar. Escuchar a la tierra, a las variedades que llevaban décadas —en algunos casos siglos— adaptándose a un paisaje extremo, y a una memoria agrícola que no siempre ha sido valorada. En ese gesto hay una forma de respeto que hoy parece escasa.

Su trabajo parte de una idea clara: no imponer, sino revelar. Recuperar viñedos viejos, replantar con sentido, volver a poner en valor castas autóctonas y entender los suelos no como un soporte, sino como un lenguaje. Cada parcela, cada orientación, cada textura del terreno encuentra su sitio dentro de un conjunto que busca coherencia antes que protagonismo.

No hay atajos en este camino. Lo que hay es disciplina. Una forma de hacer que exige tiempo, observación y una convicción poco común. También coraje, porque apostar por lo propio —por lo que no siempre es evidente ni comercial— implica asumir riesgos. Y conocimiento, mucho conocimiento, tanto el heredado como el adquirido, que se va afinando vendimia tras vendimia.

En ese recorrido hay referencias que ayudan a situar el proyecto. La cercanía y el ejemplo de José María Vicente en Casa Castillo, con quien comparten no solo geografía sino una manera de entender el vino desde el viñedo. Y más allá, en el horizonte, las laderas del Ródano, la precisión de Barolo, la profundidad de Montalcino. No como modelos a imitar, sino como territorios que han sabido construir identidad desde sus propias raíces.

Bodega Cerrón pertenece a esa generación de viticultores que no necesita levantar la voz. Su discurso está en las viñas, en la manera en que evolucionan los vinos con el tiempo, en esa sensación de que todo encaja sin forzarse. Hay una honestidad que se percibe antes de entenderse, y que conecta con algo esencial: el vino como expresión de un lugar, y no al revés.

Quizá por eso su mayor mérito no sea lo que ya han conseguido, sino lo que están construyendo a largo plazo. Un paisaje vitícola más consciente, más respetado, más vivo. Y una forma de hacer que, sin buscarlo, está colocando a Jumilla —y a sus viejas cepas— en un lugar que nunca debió perder.




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