De qué va el vino realmente...
- Cuenllas

- hace 1 día
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Actualizado: hace 8 horas
Hay rituales que no se anuncian, que no necesitan calendario ni convocatoria formal. Simplemente suceden. Y, con el tiempo, acaban convirtiéndose en algo más que una costumbre: en una forma de estar en el mundo.
Desde hace ya veinticinco años, un grupo de amigos se reúne en la Taberna Laredo con una excusa aparentemente sencilla: abrir grandes, o no tan grandes, botellas de vino. Borgoñas que han esperado su momento, viejos Riojas que hablan en susurros, champagnes que aún conservan la tensión del tiempo ó ese nuevo productor de Jura. Pero la verdad —la de fondo— es otra.
El vino nunca fue el centro.
O al menos, no el único.
Porque lo que realmente se ha ido construyendo, botella a botella, es algo mucho más difícil de definir y, a la vez, mucho más evidente cuando uno lo presencia: una forma de generosidad que no se aprende, una manera de compartir que va más allá de lo material. Aquí no se viene a impresionar, ni a demostrar nada. Se viene a dar. A abrir lo mejor que uno tiene sin esperar nada a cambio. A celebrar, sin necesidad de motivo, el simple hecho de estar juntos.
El germen de todo esto se remonta a finales de los noventa, en aquellos encuentros de Entrevinos donde empezó a dibujarse, casi sin saberlo, el espíritu que hoy sigue vivo. Allí se sembró algo que ha resistido el paso del tiempo, los cambios de vida, las ausencias.
Hay botellas que, con el tiempo, dejan de ser vino para convertirse en memoria. Aparecen en la conversación como si fueran personas: aquel Véroilles de Barthod del 93, que aún hoy parece latir en el recuerdo; un Salvioni del 88, profundo y sereno; ese Hermitage blanco de Sorrel, casi eterno; algún Rayas que obligaba a detener el tiempo; o un Pierre Péters Les Chétillons que afinaba el momento hasta lo esencial, el Mayacamas, Mascarello…. Botellas que no se olvidan, no tanto por lo que eran, sino por cómo nos encontraron.
En Laredo están los que siguen y, de alguna manera, también los que ya no están. Como Don Víctor, cuya presencia permanece en lo esencial: en el respeto al vino, en esa sabiduría que se transmite casi sin darse cuenta, de generación en generación, y en una elegancia silenciosa que no necesita palabras.
Y quizá ahí está la clave de todo.
En entender que el verdadero lujo no está en la etiqueta de la botella, sino en el tiempo compartido. En esas conversaciones que se alargan sin prisa, en las risas que aparecen cuando ya nadie las espera, en los silencios cómodos que solo se dan entre quienes se conocen de verdad.
Veinticinco años después, lo que ocurre en Laredo sigue siendo, en esencia, lo mismo que al principio.
Un grupo de amigos.
Unas cuantas botellas.
Y algo —mucho más importante— que no se puede servir en una copa.




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